El Blog de Psicología Alternativa

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sábado, 25 de noviembre de 2023

miércoles, 8 de abril de 2020

SALIR DE LA ZONA DE CONFORT


La zona de confort es esa que llamamos “estar bien”:
-”¿Cómo estás?”
-”Bien, como siempre, me he acostumbrado...”
-”¿Cómo estás?”
-”Bueno, no estoy mal, no estoy..., no....”
-”¿Cómo estás? Intenta esta vez hacer frases que dejen fuera el “no”.
-”¡No me duele nada, no tengo dolor!”

Estaba tan acostumbrada al dolor que ya no se daba cuenta de que en ciertos momentos no lo tenía. Se había desensibilizado y ya no se enteraba.

La zona de confort es aquella que llamamos “estar bien”.
Hay tantos estímulos en la vida que, ante la imposibilidad de manejarse con todo, hacemos una selección en nuestra vida diaria. La capacidad de habituación nos hace prestar más atención a lo nuevo y nos “acostumbramos” a lo más frecuente y dejamos de atenderlo.

El proceso del cambio

Cuando aprendemos a conducir ponemos mucha atención, pero a los pocos meses lo llevamos al inconsciente, y no necesitamos prestar tanta atención a cómo lo hacemos. Hemos puesto el piloto automático. Nos sentimos cómodos conduciendo.
¿Qué pasa cuando tenemos que alquilar un coche que es bastante diferente al nuestro? Necesitamos volver a poner atención al conducir, como al principio, pero enseguida volvemos a acostumbrarnos.

Esto mismo ocurre cuando salimos, o nos sacan, de nuestra zona de confort.
Y lo llamamos “estar mal”. Traducido a la realidad es estar incómodos, sentirnos raros, porque son sensaciones y estados poco habituales en nosotros.

Para cambiar una conducta es necesario tomar consciencia de cómo la hacemos, “quitar el piloto automático”, y corregirla. De forma general también es necesario tener en cuenta la presuposición de la P.N.L. : “Todas las conductas tienen una intención positiva”, y conservarla en la conducta nueva.
Al principio de cambiarla nos sentiremos posiblemente incómodos, raros, es decir, sintiéndonos diferentes, con algo nuevo que puede ser hasta sanador. Más tarde lo integraremos y nos encontraremos en una zona de confort diferente y que funciona mejor.

Estamos en un momento que sentimos muy surrealista.
Estamos incómodos y raros, porque nos han sacado de nuestra zona de confort al ponernos tantos límites. Una situación que sólo imaginábamos en las películas de ciencia ficción. Y nos sentimos fuera de la realidad y con mucha incertidumbre.
También a esto nos podemos acostumbrar.

Cómo llegar antes a la nueva zona de confort

El camino es vivir la experiencia real, no la idea que tienes de cómo es o ha de ser.
¿Disfrutas? ¿No? Pues cuestiónate los pensamientos que te vienen y atrévete a sentir algo diferente, raro. Atrévete a vivir las experiencias sin juzgarlas por adelantado o por cómo las vivías antes.
Si vivías a 100 por hora, vas a sentir bajón.
Si te valorabas sólo por tu trabajo y te toca quedarte en casa, vas a sentir bajón.
Si eras una de esas personas que se valoraba por ser muy extrovertida y social, vas a sentir bajón.
Si eras una persona que tenía miedo a quedarse sola, ¿que vas a sentir cuando vivas la experiencia real?

Generalmente los miedos se calman cuando uno vive la experiencia real, suele ser mucho mejor que lo imaginado.
Y en cuanto al bajón que nos da parar la velocidad que llevábamos, se trata de aceptarlo. En lugar de pensar que estamos “mal” (recuerda que “bien” es lo de antes, ir a toda velocidad haciendo muchas cosas), podemos preguntarnos: ¿Cómo estoy, cómo es esta experiencia, qué puedo hacer en esta situación nueva, que puedo aprender nuevo?

Si nos quedamos quejándonos y rechazando el bajón, nos metemos en depresión. En cambio, si lo aceptamos, vamos a conectar con la creatividad, aprenderemos a relajarnos y valorar el descanso, podemos escribir un diario, pintar o cantar. Tenemos un montón de tutoriales en internet para aprender cosas nuevas, incluido relajarnos.
Puede que descubras que si no te gustaba ir a comprar, ahora lo disfrutas.
Puede que aprendas a hacer tonterías, a perder el tiempo, (algo que no te permiten las prisas y la ansiedad) y a la vez lo estarás ganando.
Puede que te des permiso para ser también diferente, para cambiar los muebles de sitio y hacer cosas que nunca habías pensado que harías algún día.
Posiblemente empezarás a conocerte más profundamente y darte cuenta de que tenías una idea muy limitada de ti misma. Te vas a gustar más.


jueves, 2 de abril de 2020

EL DUELO CUANDO NO PUEDO DESPEDIRME


No pude darte la mano, acompañarte y decirte adiós.
No tuve ocasión de recordar contigo todos esos momentos bonitos que compartimos.
Hubiera querido agradecerte tantas cosas...que ahora se convierten en reproches hacia mí: “Tendría que haber dicho, hecho,...y me siento culpable, triste y con rabia.”

En este momento hay muchos hijos que no pueden despedirse de sus padres porque fallecen en los hospitales o las residencias.
La situación que vivimos es difícil y se añade la pérdida de un ser querido.

¿Qué podemos hacer en esta situación?

Lo que más ayuda emocionalmente es escribir una carta a la persona que ha fallecido. Es importante que esté escrita a mano.
Dile todo lo que te gustaría haberle dicho.
Háblale de todo lo que te va surgiendo, momentos malos y buenos.
Cuenta y expresa todo lo que necesites, sintiendo que tu cuerpo se va aliviando. Sé sincero.
La herida que sientes en tu interior se empezará a curar.
Desde el lugar en el que esté en este momento es capaz de aceptar y entender todo lo que puedas contarle. Incluso lo que en vida te habría sido imposible decirle.

Puede que lo primero que sientas sea enfado y rabia porque se ha ido, sobretodo cuando lo ha hecho antes de tiempo. Me decía un profesor de religión cuando murió un pariente suyo: “Esa rabia que sientes cuando se marcha alguien que te ha hecho reír contándote chistes, que te ha hecho tan feliz”.
Son muchas veces emociones muy infantiles, tan válidas como las otras.
En un duelo no sentimos sólo tristeza.

Cuando son personas mayores las que mueren, se nos hace más fácil pasar el duelo porque ya hemos empezado a aceptar la separación.
Cuando son personas jóvenes los que se van es más difícil.
Nos encontramos de entrada con una sensación de incredulidad, de irrealidad y negación de lo que ha pasado.
Si la situación que estamos viviendo con este encierro ya parece surrealista, es posible que todavía nos lo parezca más.
Luego llegará la culpa por no haber podido hacer algo más. Y también hacia los demás, quizás hacia los médicos. Buscamos responsables como si hubiera una posibilidad de cambiar el final.
Más tarde, a medida que vamos aceptando la situación, sentimos impotencia, quizás rabia, y vulnerabilidad ante algo irrevocable como es la muerte.

¿Cómo va a continuar mi vida sin esa persona?

En función de nuestro grado de dependencia emocional puede surgir miedo.
Y con el miedo preguntas: “¿Y si...?”, “¿Que hago cuando...?”. Responde a esas preguntas que te vienen a la cabeza aunque sea con un “no lo sé”. Son recursos para un futuro.
Lo peor es que se queden las preguntas en bucle repitiéndose en la cabeza.
Bajan las defensas y puedes enfermar. Todavía no es tu momento de morir. Si huyes del sufrimiento, se cronificará.
Todavía tienes unos años más en este mundo. Y posiblemente tienes hijos que todavía te necesitan.

El periodo de duelo sano es entre 6 meses y dos años.
La emoción más presente es la tristeza, que expresa el dolor de la pérdida. Llega al principio más desgarradora, en función con la cercanía que tenías, y al final de una forma más profunda, en la que sentimos que hemos tocado fondo.
Y aunque muchas veces nos parezca que no vamos a poder salir de este estado, salimos. Atravesamos esa etapa y salimos más crecidos, más adultos, más seguros, más firmes y coherentes. Notaremos más confianza en nosotros mismos y en la vida que la que teníamos antes de que pasara todo esto.

Pero para ello es necesario que escribamos y escribamos, en forma de diario, de cartas, de dibujos y sobretodo a mano.
De esta manera los dos hemisferios cerebrales se unen y colaboramos al fluir de las emociones.
Las emociones llegarán, las atendemos, las reconocemos y les ponemos nombre. Algunas nos resultarán mas difícil aceptarlas, como el enfado con la persona que muere. Y las dejaremos marchar, sin agarrarlas, sin retenerlas.

A veces nos obligamos a sentir tristeza y no nos permitimos el enfado. No es sano, vamos a somatizar. La emoción ha de llegar y marchar, pero no por imposición.
No vale pelearse con ellas, ni rechazarlas ni agarrarlas para darles vueltas en la cabeza. Cronificamos el duelo, y no se cerraría.

Necesitamos vivir en ese fluir de las emociones, en el que llegan y pasan.
Necesitamos permitirnos también reír y recordar los momentos divertidos del pasado.
Sobretodo durante un duelo necesitamos vivir en el presente, lo que llega y lo que se va.
También es conveniente poder hablar con amigos que sepan acompañar, sin tratar de consolar, o de sacarte de tu emoción. El camino de salida es sólo tuyo.

No es fácil escuchar y acompañar. Es lo que hacemos los psicólogos cuando pides ayuda para pasar un duelo. Ayudarte a reconocer y poner nombre a lo que sientes. Aceptar las emociones y soltarlas.
Esta es la razón por la que he escrito este pequeño articulo y me he decidido a trabajar en la distancia. No estaba a favor del trabajo online, pero dada la situación actual es la única forma de poder hacerlo.

De los duelos se sale, pero no haciéndose el fuerte, ni superando o rechazando las emociones.
El camino del duelo es vivir las emociones que llegan y pasarlas, y de esta forma ir sanando la herida emocional que sentimos.

Marta Vidal, psicóloga, Valencia

domingo, 16 de febrero de 2020

NECESITO MI ESPACIO


Necesito mi espacio para sentirme libre cuando estoy contigo,
para sentirme enamorada y seguir centrada,
para poder decirte lo que siento en todo momento,
para también “ser yo” cuando estoy contigo.

Necesito mi espacio para no hacerte responsable de mi vida,
para no tener que estar todo el día pensando en ti,
porque tu o yo así lo queremos,
para poder centrarme en lo que vivo en cada momento.

Necesito ser libre para acordarme de lo que compartimos, tu cara sonriente, tu voz, tu cuerpo.
Necesito espacio y libertad para quererte sin tener que complacerte, aunque me encante hacerlo de vez en cuando.
Necesito apoyo de tu parte, pero no sobreprotección.
Necesito espacio para echarte de menos y así desear estar contigo.

Necesito espacio y tiempo también para mi familia, mi trabajo, mis amigos y para mi, para cuidarme.
Necesito libertad para vivir creativamente.

Necesito reconocerme y validarme cuando mi mundo se derrumba

Muchas veces montamos todo un mundo alrededor de nuestra pareja, sobretodo cuando es nuestra primera relación: nos copiamos sus gustos y aficiones, desatendemos nuestros amigos para salir con los nuevos, hablamos de sus cosas, de sus temas favoritos, ...pasamos a vivir a través del otro y me olvido de mi misma. A las mujeres nos sucede con más facilidad por ser más emocionales.

Y cuando cortamos la relación sentimos que se nos hunde el mundo entero. Perdemos los amigos nuevos, a nuestro compañero de aficiones, nuestras ilusiones y proyecto en común de futuro. Todo se viene abajo.

¿Y cómo salgo de ésta situación?
Necesitamos reconocernos, validarnos, ¿quién soy cuando estoy sin pareja?
¿Cómo soy, qué me gusta?
Arrancar de nuevo, en un nuevo caminar, con más experiencia de la vida, reconociendo todas sus facetas: la pareja, los amigos, la familia, el trabajo o los estudios y sobretodo yo.
Mi forma de amar es por lo menos tan válida como la de otra persona.
Y puedo estar bien, en soledad, conmigo misma.
Y me puedo amar y cubrir mis necesidades, darme cariño y atención, interesarme por mis cosas.
Crearme una vida que me llene plenamente.



miércoles, 4 de septiembre de 2019

PERSPECTIVAS CATASTRÓFICAS


Lo que tenían que ser dos agradables días frescos, para el mes de agosto, se convirtieron en una catástrofe.
Tenía un nombre, DANA, y aunque no era un simple nombre, lo parecía. Iba a cubrir todo el país dejando terribles tormentas e inundaciones. Salían en la televisión mapas del tiempo en colores: Alerta amarilla, naranja y roja, que cubrían todo el país. Colores que estimulaban las emociones, alimentando sobre todo el miedo que transmitían las palabras.

La madre, enferma de fibromialgia, era la más sensible al miedo, la más emocional y la que sentía más impotencia para afrontar el mundo. Se tuvo que meter en la cama.
El padre empezó a sentir molestias.
El hijo notó que su estómago se le agarrotaba, se le hacía un nudo y la acidez le subía hasta la garganta.
En ese hogar, como en tantos otros, no se hablaba de emociones, pero las sentían y las transmitían, provocando un eco que agrandaba el efecto de las noticias de la catástrofe que se avecinaba.

Llegó la fecha prevista y pasó. El resultado de la “catástrofe” anunciada fue:
-algún pueblo con riada, porque se está edificando en rieras por donde suele pasar agua cuando llueve.
-gran parte del país disfrutando de una temperatura agradable, que recordaba que se acaba el mes de agosto.
-una familia, por lo menos, diagnosticada de gastritis, recetada, y con un gran malestar que no se ha marchado una semana después. No nos enseñan en el colegio a manejar las emociones.

LA REALIDAD ES MUCHO MÁS BENEVOLENTE QUE LAS PERSPECTIVAS CATASTRÓFICAS QUE NOS IMAGINAMOS

A veces parece que la imaginación es más real que la realidad y preferimos quedarnos en ella. Estamos equivocándonos.
La realidad es mucho más benevolente que las perspectivas catastróficas que nos montamos habitualmente sin motivo.
Seguro que la vida nos va a traer algo que no nos guste pero, mientras tanto, ¡disfrutemos la realidad!